ALTA FIDELIDAD

Nick Hornby tiene, como se le denomina comúnmente alejado de formales academicismos, sus propias neuras. Una temática y formas reconocibles, que se diría en círculos donde abundan los cocktails y las pajaritas. Es tremendamente british (con un puntito de costa y pueblo) y le gustan la música y las chicas inteligentes. Lo dejó claro desde aquella maravillosa “Alta fidelidad”. Alejado de la acidez y malababa de su coetáneo Irwine Welsh, en las antípodas del feísmo sarcástico de los seguidores de Amis, inmigrante de la belleza literaria de las Winterson y Zadies Smith, Hornby es de esos escritores (hoy en día abundan) que tan pronto te escribe una novela como una crítica musical para el New Yorker como te adapta su propio libro para el cine para que lo protagonice Hugh Grant con banda sonora de Badly Drawn Boy (“About a boy” con nominación al Oscar) o, incluso, adapta las de otros (“An Education” con la consiguiente segunda nominación al Oscar). Es un escritor que escribe, vamos. Como Sir David Hare, pero alejado del teatro (más centrado en los estudios de grabación o el pub) y sin el Sir, que siempre intimida. Y sin jersey de pico, desde luego. De ser algo, sería una chaqueta de cuero desgastado, estoy seguro.

Recién salido de “Las teorías salvajes” de Pola Oloixarac, me adentro en “Juliet, desnuda”, dos títulos, ahora que lo pienso, tremendamente prometedores. Tengo la reprochable costumbre de comenzar un libro inmediatamente después de terminar el otro. Es automático: cierro una página, respiro y me lanzo a por el siguiente. Me aseguro de leer al menos dos párrafos de la nueva lectura y darlo así por comenzado. Oficialmente comenzado. Nunca he dejado de leer un libro que haya empezado, aunque lo haya terminado mientras hablaba por teléfono o me cortaba las uñas y no fuese capaz de recordar nada de lo que acontecía en sus últimas 170 páginas (me ocurrió con uno de Tolkien). El caso es que me aseguro de haberlo comenzado como si tuviese miedo de que el libro, por si solo, escapase a mi lectura mientras yo duermo y no lo pudiera encontrar a la mañana siguiente en la pila de mi mesita de noche. Sé que si lo empiezo tendré que terminarlo.

Se agradece la ligereza de “Juliet, desnuda”, Sr. Hornby. Como en todas sus historias prima la música, los sentimientos y una colección de personajes patéticos y humanos, llenos de inseguridades, vacíos y miedos. No es un libro que cambie vidas ni ilumine ni siquiera que vayas a recordar durante demasiado tiempo. No es un Thomas Mann, ni un Borges, ni siquiera un Salinger ni un S. Thompson. Es un libro ligero, de verano, de Navidad, de descanso y relax. Un libro perfecto para no sentirte un completo patán mientras lo disfrutas y en el que podrás reconocerte millones de veces porque las historias que narra son también tus historias. Construido con personajes cercanos (un erudito de la música y obsesivo internauta, una estrella de culto del rock and roll que hace años que no produce y una peculiar curator del museo de un pueblecito británico) y reconocibles en su rutina diaria, anónima. Es un libro de esos que dices, “está bien” y colocas en la estantería y quizás algún día lo recuerdes y regales a esa amiga que sólo lee best sellers como “Loca por las compras”. Entretiene, se disfruta. Y todo esto es un piropo, que conste. Porque todos necesitamos películas y libros de domingo por la tarde. ¿O no? Esas que siempre terminan con un final feliz. Como esta novela, a lo british (que siempre incluye un poco de pimienta), pero feliz al fin y al cabo.