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LAURA FERNÁNDEZ: LA FUERZA DE UNA VOZ ÚNICA – ENTREVISTA DE JAVI GINER –

Estoy más que seguro de que has leído a Laura Fernández, sin saberlo. Con dos novelas a sus espaldas y multitud de artículos en El Mundo y en otras publicaciones culturales todo lo que sale de su mano y su boca merece la pena. Sin excepciones. Esta escritora-periodista-agitadora cultural tiene la pasión, el talento y el arrojo de los grandes. Y ninguno de sus tics. Porque Laura aún se está haciendo a sí misma, poquito a poco. Ahora llega a nuestras estanterías (¡joder qué gusto!), su última criatura: “Wendolin Kramer” (Seix Barral). Tan heredera de los cómics como del cine indie norteamericano (experto en describir ese inusitado estado de alegría depresiva nacida de la condición de freak) con altas dosis de surrealismo, anarquía y exceso, esta novela espídica es una gozada arrolladora y profundamente original que se degusta con PLACER. Las páginas de este libro son incendiarias, vibrantes, con una ingenuidad candorosa y descarada (en las antípodas del baboserío nena-dacontiano), formadas por palabras borrachas de una alegría juguetona que hacen que Laura Fernández se haya convertido en un nombre a perseguir. Paso de contarte la trama, que la hay (y ejemplarmente construida), puesto que al acabarlo (habiendo asistido a un pseudo-batido colorido y lisérgico de una novela pulp) lo que queda en tu mente, en tus poros, en tu cama, son sus personajes: perros deprimidos por no haber ganado un concurso de belleza (a manos de un caniche azul marino) que hablan en alemán y detestan a su dueña, adolescentes pelirrojas que se creen superhéroes y van vestidas como tales debajo de la ropa, madres manipuladoras convencidas de haber nacido para dirigir el mundo necesitadas de dinero fácil, gigolós high-class faltos de ideas metidos a escritores revival de autores clásicos bajo pseudónimo femenino, dueños de tiendas de cómic que se tapan las canas con rotulador y se hacen fotos vestidos de Spiderman, onomatopeyas de viñeta convertidas en literatura, familias desestructuradas quasi-berlanguianas, psiquiatras caninos adictos a los amores imposibles, hombres que se llaman Marvin porque su madre está loca por Marvin Gaye y que crecen siendo misántropos enamorados (de, entre otras, una muñeca hinchable llamada Mary Jane), variopintos seres que hablan con fotos que cuelgan de paredes, chicos populares que se llaman “Dedos sucios”, editoras poderosísimas puteras, multimillonarias y crueles, autoras feministas que nunca existieron, bolleras intelectuales combativas y rencorosas, el Planeta Remordimiento e infinidad de información colateral de personajes, datos, lugares y personas que harán que te desternilles de la risa y vuelvas a creer en el poder de la poesía pop, desmantelada y divertida que puede encerrar una imaginación prodigiosa al servicio de una escritura admirable. Aquí vuelve, con bastante de Súper Chica, Laura Fernández. O, lo que es lo mismo: un chute en vena de talento, ocurrencia y originalidad.

¿Cuánto hay de ti en “Wendolin”? Leía entre líneas con la descarada intención de  conocer tu vida. Está tu mundo: la literatura, el cómic, Barcelona… ¿Qué más hay que no se ve a primera vista? Hay muchísimo, Javier. Todo. Wen, la novela, soy yo. De la misma manera que mi anterior libro, “Bienvenidos a Welcome’’, era yo. Todo lo que hago es como una gigantesca caricatura de mí misma, dividida en micromundos que funcionan como personajes que existen porque habitan en algún lugar de mi cerebro, ese enorme y polvoriento archivo cuyas puertas se abren cuando leo un cuento de ciencia ficción o cualquier pedazo de algo vivo, que respire, que se sienta, no sé, libre. Desde el detalle más absurdo (el pez de colores de Darin es probablemente uno de los muchos que tuve de niña) hasta el más ridículo (sí, de pequeña tenía un póster de Kirk Cameron en mi cuarto y le daba un beso de buenas noches en la boca cada día), tiene algo que ver conmigo.

Tus perdedores no llegan a ser héroes. Se quedan en simples perdedores que son grandes por un momento. El único que parece tenerlo claro en el libro es el perro. Son héroes de su otro mundo. Son héroes en la vida que se inventan. La vida de ahí fuera no les gusta nada porque no son tan duros (es curioso, a veces pienso que hemos creado una sociedad que nos expulsa, que a todos nos cuesta encajar en ella) como el mundo horrible en el que vivimos quiere que sean. Pero todos sobreviven, y creen que les basta consigo mismos (y su pequeño ídolo imaginario: todos tienen un amigo especial al que adoran, como le pasa a Erlin con Woolfin; odian, en el caso de Don con Karl; aman desesperadamente, como le pasa a Rich con Scarlett Johansson; aman ingenuamente, Wen y Kirk, etc.) para ser felices. Earl está deprimido porque no tomó el desvío a tiempo. Así que empieza a comportarse como un estúpido y se deprime y se enamora de un gato sin dientes para llamar la atención. Y, sí, todos son perdedores, porque, ¿acaso no lo somos todos?

¿Cuánto hay de quijotismo y cuánto de enfermedad mental en tus personajes? Me sentía muy reflejado en el interés que parece despertarte lo diferente. De hecho, a veces parece que colecciono amigos con problemas extraños. Pero es algo que me fascina. Me fascinan las rarezas de todo el mundo. Las rarezas construyen personajes. Generan empatía. Te acercan a la gente. Parto del hecho de que existe una delgadísima línea entre la cordura y la locura y que cada uno de nosotros la cruza al menos dos veces al día. Mis personajes la cruzan dos veces por minuto. Y hacen que me lo pase en grande.

Es literatura y en ella se respiran muchos referentes (uno de ellos para mí es puramente cinematográfico: la screwball comedy más clásica), pero estoy seguro de que hay claves ocultas… Desvélame alguna. No hay claves ocultas. Me nutro básicamente de ciencia ficción porque es un género totalmente libre. Para mí la ciencia ficción es libertad y leer historias de marcianos me vuelve loca. Me hace querer escribir y escribir y escribir. El uso de las mayúsculas lo saqué de ‘Última salida: Brooklyn’, de Hubert Selby Jr. Tiene un capítulo escrito casi por completo en mayúsculas porque los personajes están gritando. La sensación mientras lo leía fue tan brutal que pensé: “Esto es lo que quiero. Lo necesito conmigo”. Lo de las onomatopeyas lo vi por primera vez en Bukowski. En las escenas en las que se masturba o se tira a alguien a veces simplemente escribía: FLAP FLAP FLAP. Y me encantó. Y me lo llevé conmigo. La cosa explotó cuando leí ‘Duluth’, de Gore Vidal. Después de leerlo, me dije: “Este tío se lo ha pasado en grande. Yo también quiero”. Y me puse a escribir “Bienvenidos a Welcome”. Y todo lo que me había gustado de los escritores que había leído (el absurdo de Brautigan, la pasión de Fante, la contradicción de Hamsun), se embutió en lo que más adelante identificaría como mi voz narrativa, que en Wen le debe, mucho, a Vonnegut. En concreto a ‘El desayuno de los campeones’, mi libro favorito de Vonnegut.

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¿Cómo nació Wendolin? ¿De quién es hija? Wen tiene dos padres. Uno es ‘Detective en Babilonia’, de Richard Brautigan, y el otro es ‘La Fortaleza de la soledad’, de Jonathan Lethem. Aunque el que la adoptó se llama Kurt Vonnegut y escribía para marcianos. Y nació en algún momento de 2007, cuando salía de ver ‘Spiderman 3’ en un cine de Sant Andreu. Fui con una amiga que había estudiado en un colegio alemán. Pensé: ¿Y si hubiera una detective estúpida que sólo habla alemán y no se entiende con ninguno de sus clientes? Y el resto es historia. Primero era sólo una historia de detectives. Lo del traje lo incorporé después de leer ‘La fortaleza de la soledad’. Redoblaba la ingenuidad de Wen. Y eso me gustaba.

¿Qué diferencia a la Laura escritora de la periodista o agitadora cultural metida en todos los fregaos que puede?
La escritora está mucho más loca. Se pasa el día hablando de marcianos y naves espaciales. Y nunca lee un periódico. Prefiere imaginar todo lo que podría pasar a saber lo que realmente ha pasado. Ya sabes, el mundo es un lugar horrible, y a menudo, aburrido.

No te veo ni en el realismo mágico, ni en la literatura de posguerra, ni en el romanticismo de salto de cama, ni en el best-seller gótico, ni en el noir sucio de tu admirado Fante, ni en la literatura pasional y femenina de una Virginia Wolf o una Jeanette Winterson. Vas por libre, ¿no? Sí. Y estoy francamente orgullosa de ello. Y es algo que no voy a cambiar por nada. Voy a seguir haciendo esto siempre. Prefiero tener pocos lectores, pero que esos lectores disfruten siempre. Cuando el escritor es fiel a sí mismo no te gusta uno solo de sus libros, te gustan todos, incluso los que aún no ha escrito. Aspiro a eso. Como Roger Rabbit aspiraba a hacer reír a todo el mundo.

He leído por ahí que te casan artísticamente con la sensibilidad y el mundo de Kurt Vonnegut. Y sin embargo, yo leía y seguía pensando en otro: JD Salinger. Mira tú. Menudo piropo. Mi cuento favorito de Salinger es ‘Levantad, carpinteros, la viga del tejado’. El de la boda que al final no fue. En el que Seymour finalmente (BANG) desaparece. Y, por supuesto, ‘Franny’. He aprendido mucho de los diálogos de Salinger. Son perfectos. Todo lo que hizo es perfecto.

Es un libro hipnótico, surrealista, lleno de sorpresas y situaciones y personajes rocambolescos, al filo de lo grotesco pero profundamente humanos… Una comedia, sí. Pero sin embargo, tras las letras (y las miradas de los personajes) se adivina una tristeza adolescente realmente emocionante. Que no tiene nada que ver con el gran guiñol que planteas. ¿Se me está yendo la pinza?
No. Creo que has dado justo en el clavo. BINGO. Pasé por una honda (y larguísima) tristeza adolescente (época en la que leía sin parar ‘La campana de cristal’, de Sylvia Plath, los diarios de Alejandra Pizarnik, ese tipo de cosas). Creía que no encajaba en ningún sitio. A veces todavía lo creo. Pero, ¿sabes qué? Ahora me encanta no encajar. Es divertido. Con Fante aprendí que la vida es una especie de juego, una gigantesca representación teatral, una jodida película de Hollywood. Tú eliges si quieres ser el protagonista de una comedia o de un drama. Está en tu mano. ¿O no podría haber sido ‘Fargo’ un dramón acojonante? ¿Y lo fue? Oh, no, claro que no.

¿Siempre haces caricaturas de la protagonista cuando dedicas el libro? Tengo que decir que tu dedicatoria es una de las más bonitas que jamás me han escrito. Lo que casa perfectamente con la dedicatoria de tu libro: una de las más bonitas que recuerdo. Confiésalo, eres una sentimental. Lo soy. Pero sólo cuando escribo. El resto del tiempo, finjo. Fui a un cole público y luego a un instituto público, con tipos realmente duros. Y tenías que aprender a ser más chula que nadie para que no te encerraran en los lavabos. Tenías que llevar chándal (cada puto día) para que no te preguntaran si es que ibas de boda. Ese tipo de cosas. Pura supervivencia. Algo me queda de eso. Camaleónica hasta el final. Sola en casa escucho a Damien Jurado (siempre hombres tristes que cantan canciones muuuuy tristes), pero fuera de casa todo es estupendo, todo va siempre bien, las sonrisas están ahí, ahí y, oh, sí, ahí también.

Cuéntame algo especial en relación a la novela que no le hayas dicho a nadie en ninguna entrevista y que te mueres por contar. Por ejemplo que el nombre de Ed Meyer es un homenaje a Ed McBain, mi autor favorito de novela negra. El nombre, Ed, es el suyo, y el apellido, es el de su personaje más delirante, Meyer Meyer, un detective judío calvo y más oficinista que detective acomplejado por su nombre. Otra, que lo de hablar con las fotos (algo que hago constantemente, no yo, sino mis personajes) está literalmente sacado de ‘Pregúntale al polvo’. Arturo Bandini habla con una foto de su editor (el mismo que no acepta ninguno de sus cuentos) y brinda con él y ese tipo de cosas. Todos usan a sus ídolos como la pluma de Dumbo. Dumbo, por cierto, es la película que siempre nos ponían en el colegio cuando llovía y no podíamos salir al patio durante la hora del comedor. Más cosas. Munk, uno de los tres nombres de Earl, es el nombre de un perro que sale en una de las historietas de Corto Maltés. Marvin se llama Marvin no por Marvin Gaye sino por el robot deprimido de ‘Guía del autoestopista galáctico’. Uhm. Hay un millón de cosas así. Todo son guiños.

¿Cuál es la pregunta que te gustaría que te hicieran? Dime un libro del que nunca hayas hablado que ha dejado una huella muy profunda en ti y que, sin que te des cuenta, ha influido muchísimo en tu estilo y en tu pasión por ciertos temas.

Respóndela. ‘Misery’, de Stephen King. Explora como ningún otro la idea del fan. Y pasé mucho miedo mientras lo leía. Lo leí con 15 años. Leía por las tardes, recuerdo que hacía frío y que siempre escuchaba el mismo disco de No Doubt (‘Tragic Kingdom’). Tengo al menos tres libros favoritos de Stephen King, pero ‘Misery’ siempre será más especial que ninguno de ellos porque realmente quizá fue el primer libro que me hacía sentir tantas cosas. Advierto de que mi próxima novela es un homenaje al universo King y, en concreto, a Carrie White. Pienso dedicársela a ella y a todas las chicas de instituto que nunca encontraron su sitio.