¿Que sería del arte sin el color?

Decir que el color es uno de los temas constitutivo del arte, ubica al color del lado de lo esencial y lo aleja de esa zona de distracción donde se lo suele ubicar. El hecho de que para percibir el color sea necesario iniciar una serie de acciones hace de éste una estructura permeable a todo tipo de experimentaciones.
Desde siempre el color ha sido motivo de análisis, no solo por ser el elemento que interrumpía el acceso al conocimiento de los filósofos sino por intentar descubrir cómo se produce. Fue Platón el que indicó que la acción que permite ver el color está compuesta por tres fenómenos que se suceden en simultáneo: las llamas que emanan del objeto, las que producen nuestros ojos al ver algo y la influencia que emite la luz diurna. Según el filósofo el hecho de poder coexistir tales elementos en la atmósfera es lo que nos permite ver los colores. Isaac Newton hacia 1664, en pleno período no especulativo, logró exponer una teoría sostenida en sus investigaciones con prismas y luz.

arte_y_color_1Roman Schramm. Tripe and Pink Wall, 2014. Cortesía del artista.

Newton demostró que la luz blanca se puede descomponer en varios colores y que por lo tanto cada uno de los siete colores del arco iris forman parte de la luz blanca. A principios del siglo 19 un escritor de procedencia romántica como Goethe desplazó tales hallazgos hacia una teoría perceptiva y subjetiva, subordinando el color a la experiencia individual. Para el escritor nuestra posibilidad de ver el color no se basa solo en la luz sino también en la percepción psicológica de este color. El hecho de que tales sensaciones físicas sean compartidas por la mayoría de los individuos le permitió desarrollar un compendio de significados y efectos psicológicos que fue retomado a lo largo de todo el siglo 20.

arte_y_color_2Roman Schramm. Ohne Titel (Italien), 2013. Cortesía del artista.

En efecto, Paul Klee proponía utilizar los colores en relación a su peso, a fin de configurar el equilibrio en el plano, pero también en el espacio. “El color me posee. No tengo que tratar de capturarlo”, escribía. Josef Albers hablaba de que en realidad no existe un color feo,  ya que cualquier color es capaz de “redimirse” a partir de la proximidad de otro.  Los colores rivalizan, se atraen o se alejan y nunca son independientes. Estudios sobre el color hay muchos, sin embargo, a pesar de sus diferencias nos permiten concluir que el color no es un elemento constante. Tampoco algo tangible ya que el color es una percepción producida en el músculo del observador. A la vez el color es lo que reviste al mundo tal como lo experimentamos.

arte_y_color_3Tauba Auerbach. RGB Colorspace Atlas Volume 1, 2011. Cortesía de la artista. Foto: Vegard Kleven.

Las piezas recientes producidas por Roman Schramm se sirven del color asignado a determinados cuerpos o parte de los mismos para cuestionar con misterio y sentido del humor la función representativa que la fotografía ostenta en los tiempos de las imágenes construidas digitalmente. El uso invertido del color que hace Schramm para construir sus imágenes  es lo que nos permite ingresar en una lógica de apariencias y a la vez es el conducto que vuelve táctil una imagen que en un principio no lo es. La alteración cromática de Roman Schramm, donde los huesos de una cadera son azules y unas piernas enfundadas en unos leotardos iridiscentes se convierten en una trama abstracta, son a la vez el modo de establecer una continuidad entre una  imagen y un cuerpo. La artista y escritora Tauba Auerbach se centra en el color y en las teorías sensoriales que lo atraviesan.

arte_y_color_4Miguel Mitlag. Tv set 2. 2010-13.

Y lo hace con la intención de descubrir otros soportes donde alojar la pintura. Por ejemplo, en un libro en forma de cubo de 3.632 páginas, entendido  como una versión tridimensional del selector de color de Photoshop. Cada una de estas páginas presenta una de la combinaciones posibles, capaces de ser asimiladas por el ojo, de los colores RGB (rojo, verde y azul). El color despierta connotaciones narrativas, todos somos capaces de proyectar algún tipo de situación de reconstrucción a partir del color. En ocasiones lo que a simple vista se presenta como una composición pura, en realidad está precedida por una historia. El efecto del color, al igual que un perfume, promueve lo inefable. Pero el relato entendido como elemento de referencia no siempre aparece como un interés hacia el acontecimiento en sí. Las fotografías a todo color de Miguel Mitlag suspenden toda evocación específica y nos ubican en espacios interiores reconocibles, cuya acción aún no ha acontecido. El color aquí es el elemento capaz de evocar ambientes y objetos: una lámpara psicodélica, una moqueta convertida en un rollo durante una jornada de pintura hogareña o una serie de bolsas de papel colocadas en orden. Prestar atención a estos objetos y escenarios permite descubrir más de un relato posible.

arte_y_color_5Miguel Mitlag. Sensibilidad y sentimiento . 2014.

Miguel Mitlag los presenta a modo de situaciones donde la acción se pueda desarrollar y sabe tan poco de lo que allí ocurre como nosotros al observar estas fotografías. A Mitlag le interesa manipular la neutralidad que pueden asumir ciertos objetos, alejándolos de sus entornos habituales o permitiendo que sus colores no se correspondan con sus funciones. El color se encuentra en un estado de variación constante y va a ser la luz la que gobierne tal cambio. El ojo se adapta velozmente a los cambios de luz y hace del color un estado tan variable como constructivo. Los rayos lumínicos conducen el color y trasmiten la información. La luz transporta color y esta iguala o acentúa todo lo que atrapa, esto lo saben muy bien pintores del detalle doméstico como Chardin, para huir del estatuto de lo representado. También lo ponen en práctica aquellos pintores que como Pieter Vermeersch, a fin de expandir las estructuras perceptivas, realiza intervenciones espaciales.

arte_y_color_6Kiko Pérez, Sin título.  

Los leves degradados que realiza sobre el muro se convierten a su vez en el soporte donde ubicar pinturas o fotografías de apariencia monocromática. Pero esta dimensión abstracta, donde el color se presenta como un canal de luz en plena transformación, surge de observar y replicar una impresión del espacio circundante que nos rodea. La pregunta sobre cómo comunicar lo inexacto de un conjunto de sensaciones reaparece también en el trabajo de Kiko Pérez. Cada una de sus piezas, tan pictóricas como gestuales, surgen de reconocer en experiencias cotidianas algún centro de atención. Pero su traslación devuelve composiciones de color apenas reconocibles, sin embargo, una vez inmersos en esa dinámica de relaciones entre rectángulos, líneas, rotos y superposiciones, determinadas lógicas compositivas regresan como si el artista las imprimiera en negativo. Un escaparate atestado de productos en el que la paleta cromática dibuja líneas horizontales y verticales o los juegos ópticos de un tejido que produce curvas sobre una superficie en un principio recta.

arte_y_color_7Karina Peisajovich. Máquina de hacer color. Suite para 8 movimientos 2010.

Kiko Pérez parece proclamar una utilización total del cuerpo y no sólo la que guía y coordina el campo visual. Las texturas artesanales que el artista compone a partir de barnices y yuxtaposiciones, donde el efecto cromático de un mismo papel es modificado a partir de su uso, coinciden con una de las “Observaciones sobre los colores” de Wittgenstein: –Es fácil ver que no todos los conceptos de color son lógicamente homogéneos. La diferencia entre los conceptos ‘el color del oro’ o ‘el color de la plata’ y ‘amarillo’ o ‘gris’–. Investigar la percepción y las propiedades de la luz es  también un modo de renovar  soportes y técnicas. En este tipo de conversiones el color resulta tangible. Karina Peisajovich proclama un situación visual desprovista de toda especulación narrativa. Podríamos decir que pinta con luz, convocando otro tipo de tactilidad. El color se vuelve sustancia generativa y experiencia temporal.

arte_y_color_8Karina Peisajovich, “Cada vez que veo un arco iris”, 2011

Cada una de las máquinas de iluminación que proyectan zonas de color en ambientes de baja intensidad lumínica de Karina Peisajovich, se convierten en entornos sensoriales susceptibles de ser experimentados por el público. Activando recursos ilusionistas y no ocultando el mecanismo que permite la construcción, cada pieza induce al músculo retiniano a experimentar una situación perceptiva particular. Y es esta nueva intensidad meditativa la que nos enfrenta con nuestros propios mecanismos de construcción visual. Estos mecanismos hacen de la luz y el color una materia envolvente, próximos a las cápsulas visuales, también tangibles, del escritor Juan José Saer:  “Las dos manchas vivas, roja y amarilla, que se mueven en el espacio gris verdoso, parecen un collage de papel satinado sobre el fondo de aguada monocroma, de la que el aire sería la superficie más diluida, y las nubes, la tierra y los árboles, las masas más concentradas de gris”. La reconfiguración de la experiencia sensible, desarrollada por diversos artistas, propone un más allá del hecho óptico y transforma la visión ocular externa en un lugar de introspección.