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Xavier Dolan teje con sus ingredientes habituales un film que abre la puerta a su etapa adulta

El cineasta canadiense, Xavier Dolan lo ha vuelto a hacer. Con el eco de su último largo, Mommy, todavía muy presente, el enfant terrible del cine actual, vuelve con una nueva película y muchas cosas que decir. Basada en una obra de teatro de Jean Luc Lagarce, Solo el fin del mundo, pone todas las piezas del universo dolaniano en su sitio, y crea un texto adulto y millennial a partes iguales.

La carga sensitiva del protagonista marca toda la cinta. Un joven escritor, magníficamente interpretado por Gaspard Ulliel, vuelve a casa tras doce años de ausencia, para comunicar a su familia su inminente muerte. Sobre este concepto se mueve toda la película. La muerte, como pieza inevitable, que poco a poco se encuentra más pegada a la espalda de Louis. Ulliel, construye un personaje hierático y contenido, que expresa magistralmente a través de sus elipsis y silencios.

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La figura materna, vuelve a ser esa pieza amor-odio, que tanto cautiva a Dolan desde sus inicios. Muy lejos ya de la concepción materna de sus primeros largos, volvemos a encontrar con una madre histriónica, teatral y con sentimientos encontrados, similar a la ya presentada en Mommy. En esta ocasión, la responsabilidad de este punto clave en el imaginario del canadiense, recae sobre Nathalie Baye, que sale bastante airosa.

El resto de familiares,  no pueden estar interpretados por unos actores más sobresalientes. La hermana, Suzanne, con una Léa Seydoux, que demuestra que lo suyo es talento puro y no una moda pasajera; Antoine, el hermano pulsional al que da vida Vincent Cassel, y que es el responsable de algunos de los momentos más dramáticos y tensos del film, y por último, la cuñada, Catherine a la que interpreta Marion Cotillard, aporta los momentos en los que tensión decrece y se da un respiro al espectador. Un amalgama de caracteres, que nos lleva por un viaje sin retorno, contenido y dominado por los fantasmas del pasado.

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La labor de fotografía de André Turpin, vuelve a ser delicada y maravillosa, siempre poniendo la técnica al servicio de la emoción y el sentimiento más puro. Toda la cinta, está plagada de planos muy cerrados, que se centran en la mirada de los personajes y que nos permiten leer su mente, a través de los silencios.

La música, como es habitual en toda la filmografía de Dolan, esta llena de referencias a las década de los 2000 y al presente más alternativo. Piezas de Moby, Blink-182, Grimes; Foals u O-Zone con su Dragostea Din Tei, se funden con instrumentales de Gabriel Yared, con cadencia de vals. Un fuerte contraste que funciona.

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Sólo el fin del mundo, nos muestra a un director al que hemos visto crecer y evolucionar, en un momento en el que ya está rozando la madurez con la yema de los dedos. Sin duda, un manifiesto de evolución y cuya conclusión, veremos en su próximo trabajo,  ‘The Death and Life of John F. Donovan’.  Bienvenido al mundo de los adultos Xavier, a veces es duro pero te gustará.