Fotograma de El otro lado de la esperanza

No vamos al cine para una sesión -o tortura- más de telediario. El entretenimiento que subyace en toda ficción no tiene por qué acomodarse al chiste fácil o al tiroteo indiscriminado, al moqueo sensiblero o a la retórica anabolizante de blockbuster. Una película de Aki Kaurismäki, autor de esos que se han ganado el privilegio de poder referirse a sus trabajos como “una de…”, defiende el espacio de un arte singular, raro, inequívocamente europeo.

Última película de Aki Kaurismäki

El cartel de El otro lado de la esperanza es puro cine negro, recuerda incluso al de Carretera perdida de David Lynch, y algo del hombre del tupé blanco palpita en el universo también personal e intransferible del director finlandés. Ambos son amigos de la extravagancia pero Kaurismäki sacó un cero en glamour y sus personajes transitan por una fría marginalidad demasiado lejana a las colinas de Hollywood. Al final, en su última película de cine negro nada de nada, aunque la negrura tiña el humor y la ciudad de Helsinki, a donde consigue llegar como polizón uno de los dos protagonistas de la cinta, un inmigrante sirio, uno de tantos.

Sherwan Haji en El otro lado de la esperanza

El otro lado de la esperanza es un acercamiento más al drama sirio y al de la inmigración en Europa. Pero es el de Kaurismäki, un tipo que juega siempre a su bola, que para eso la cámara es suya (detrás de la película está su propia productora Sputnik). No se erige en justiciero aunque se decanta siempre por la justicia social. Toma partido, se moja y le importa un comino el verse implicado. De hecho, brinda por ello, gran afición suya. Aun así, cada plano desmiente cualquier atisbo de brocha gorda. La excelente foto de Timo Salminen, habitual en su filmografía, paraliza un poco más si cabe la acción encerrándola en encuadres tan artificiales como hermosos. Sí, esta gente es escandinava.

El director de Sombras en el paraíso o El Havre (la primera de la trilogía portuaria que tiene en este estreno a su segunda entrega) no gusta de cebarse en la tragedia sino que con la representación de una galería de personajes extrañamente robóticos logra alcanzar su objetivo de dotar de dignidad a momentos que por lógica nos harían caer en el abatimiento. Los cimientos de una Europa prometida se tambalean -la burocracia y los extremismos estrangulan la solidaridad-, pero quedan reductos morales como el del restaurante que monta el otro protagonista de la película, habitado por seres que todavía quieren elegir su propio destino en común. El joven sirio huye y a la vez persigue. El gris empresario desata su yugo con la rutina y acoge sin demasiadas preguntas. Eso sí, seguro que más de un hipster espabilado verá en ese restaurante una mina de oro. Genial ese giro de casa de comidas local a comedor de sushi, personal con kimono incluido.

Puede que la parroquia de Kaurismäki entienda El otro lado de la esperanza como una obra menor, puede que los que se acerquen a él por primera vez no salgan de su asombro, puede que no conmueva como relatos más naturalistas, puede que no se esté acostumbrado a tanta síntesis (la película no llega a los 100 minutos), puede que un póster de Jimi Hendrix parezca frívolo, puede que los momentos musicales sean la única fuente de calor… Puede. Pero así es el radical Kaurismäki, un director sin concesiones que hace que todavía Europa tenga un hálito de vida.

Cartel película de El otro lado de la esperanza