Graffitty La reina desnuda de Escif

Hace algunos años, en Valencia, había una reina popular y poderosa, amable y campechana, que reinaba en toda la ciudad. Se ganó el respeto del pueblo y se convirtió en centro de grandes historias. El tiempo también pasa para las reinas y, con los años, su majestad envejeció y quedó obsoleta para satisfacer las necesidades un pueblo dinámico y en creciente desarrollo.

Tan querida y apreciada era esta reina, que el Colegio de Arquitectos convocó un concurso internacional para decidir quién podría vestirla de nuevo, contando con el aval de un jurado compuesto por reconocidos arquitectos de la talla de Rafael Moneo. El fallo del jurado otorgó el premio a un prestigioso y conocido equipo de arquitectos valencianos. Según el jurado, ellos supieron entender mejor que nadie, las necesidades de la reina y las funciones que está debería desarrollar de cara a su pueblo.

Corrían tiempos convexos y, la entonces alcaldesa de la ciudad, rechazó el regalo, sentenciando, contra la voluntad del Colegio, que dicho equipo no haría el proyecto. A su parecer la reina ya vestía un traje elegante, pero lo cierto es que estaba desnuda.

Casi 20 años más tarde, ya con cambio de gobierno, alguien se atrevió a decir que la reina seguía desnuda y así es como el nuevo gobierno decidió desempolvar el preciado regalo del Colegio de Arquitectos. Aunque el regalo venía con la condición de que los autores del proyecto deberían ser sus modistos, el nuevo gobierno decidió convocar un nuevo concurso apoyado abiertamente en el antiguo proyecto ganador. Todo un despropósito que abría la posibilidad de que el proyecto, ya desarrollado, fuese ejecutado por otros arquitectos distintos a los autores originales del mismo.

Por segunda vez, el mismo equipo alcanzó la mayor puntuación, confirmando su posición de ganadores del concurso. No fue ninguna sorpresa, teniendo en cuenta que ellos mismos desarrollaron el proyecto original en el que se basaba la convocatoria.

Hasta aquí todo, pero hubo un pequeño desliz. El Ayuntamiento se demoró, 6 meses más de lo establecido en las bases, en hacer efectivo el fallo del jurado. En esos 6 meses, una de las empresas que avalaban económicamente al equipo ganador, entró en bancarrota. Aunque esta empresa solo representaba 20% de los avales, a sabiendas de que el equipo ganador proponía soluciones alternativas y desestimando su propia responsabilidad en incumplir los plazos de las bases, el Ayuntamiento decidió eliminar a este equipo, regalando el proyecto a los segundos clasificados.

Casualmente, un artículo en la prensa (afín a la oposición), aparecido unos días antes de la toma de esta decisión, presionaba con la posibilidad de que el Ayuntamiento pudiese haber manipulado las bases del concurso, para favorecer a los ganadores. Tal circunstancia no era cierta por imposible, ya que las bases no se pueden alterar una vez publicadas. Pero el Ayuntamiento que tenía la capacidad legal y política de sentenciar el proyecto a favor o en contra del veredicto final del concurso, optó por la solución menos comprometida. Era una cuestión de voluntad política que en este caso se decantó por la opción tibia de anteponer la burocracia a la arquitectura, de anteponer el miedo a los intereses del pueblo.

Sorprendentemente -habiendo ganado dos veces el concurso-, el equipo mejor valorado, autor del proyecto original, se quedará otra vez a un lado. Quizás la reina tenga pronto su vestido, pero qué pena, que miedos y presiones acorralen al gobierno impidiéndole ejercer lo que, a voces, sería de sentido común: permitir que la plaza de la reina vistiera su mejor vestido.

(El mural de “La reina desnuda” esta pintado en la calle de la Creu Nova, a apenas 200 m de la plaza de la reina.)

Por: Escif

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